miércoles, 24 de diciembre de 2008

Milagros de Navidad (02-12-95)

Esta es la historia de Luis, una historia demasiado rara, de no ser ... que sucedió en Navidad.
Luis era un tipo bueno, muy pacífico y porque no decir un poco raro, bastante solitario y adepto a las bebidas alcohólicas. A pesar de sus años se lo veía fuerte, su pequeña barba ya visitadas por algunas canas aumentaban la profunda mirada de sus ojos oscuros, pelo abundante algo enrulado y tres arrugas paralelas, cual cicatrices equidistantes que paseaban por su amplia frente.
Luis se despertó esa mañana, afuera era un día casi como cualquier otro, igual a tantos otros, termino de tomar sus mates de todas las mañanas mientras ataba a Marita, una yegua petisa, mansa que lo acompañaba desde hacia cuatro años, cuando se la compro a otro ciruja por unas míseras monedas. La ato a su carro, todo de madera, pintado de azul con filetes blancos. Los filetes denotaban no ser realizados por un artista pero si por alguien con suficiente paciencia como para delinear una infinita serie de curvas y círculos que cubrían hasta el ultimo espacio de los costados del carro. Un diferencial de chata y dos ruedas ya lisas y algo quejumbrosas terminaban de componer ese cuadro que tantas mañanas se había repetido.
A pesar del calor, y no se porque cosa Luis se puso un viejo saco con algunos agujeros y con las mangas tan cortas que apenas si pasaban el codo. Salió saludando a todos sus vecinos y en ese momento se le sumaron dos perros mestizos que caminaban exactamente detrás del carro y le ladraban a todas las bicicletas que se le acercaban.
Trabajo, como siempre juntando todo lo que se pudiera vender, era un día muy especial, y la gente tenia un ritmo desenfrenado, corriendo para terminar de hacer sus compras, para el nada tenia de especial, solo que en menos tiempo de lo acostumbrado lleno su carro de cajas vacías y varias bolsas con botellas. Era muy temprano para regresar, siguió recorriendo la ciudad, paro para tomar un trago de vino, una copita apenas. Trato de recordar su niñez, a su madre con la que estuvo hasta los ocho años, a su padre que nunca conoció, se esforzó, pero no encontró nada mas que su recuerdo de caminar descalzo con una bolsa en el hombro, tal vez por la edad, o por el alcohol o porque era lo único que había hecho durante toda su vida. Ya la noche se había empezado a apoderar de las calles, cuando emprendió el regreso. -Vamos a casa Mari; hasta Marita se había dado cuenta de que era inútil apurarse, agacho un poco la cabeza y se puso en marcha con ritmo lento. Cuando se aproximaban ya comenzaron a sentirse los festejos, claro si ya eran casi las doce; Mari, intranquila apuro un poco el tranco. Probablemente fue una cañita voladora la que paso tan cerca de ellos, que hizo que sus ojos destellaran con un brillo especial, o porque no la estrella de Belén que otra vez había vuelto a iluminar a alguien con su luz. Pero fuera lo que fuera, sucedió algo increíble. El viejo saco de Luis se fue convirtiendo en un reluciente sacon rojo con puños de piel tan blanca como la nieve y con tanto brillo como los de una noche estrellada, su cabeza se cubrió con un gorro también rojo como sus pantalones, con un popon color de nieve en la punta, las alpargatas se convirtieron en botas; a marita se le afinaron sus patas, y su cuello y de su cabeza comenzaron a salirle dos cuernos que se iban dividiendo hasta convertirse en una hermosa cornamenta, Cada uno de los blancos filetes del carro se convirtieron en doradas fuentes de luz, y hasta las ruedas tomaron un brillo de tal intensidad que apenas se notaba que ni siquiera tocaban el suelo. El carro se lleno de juguetes, muñecas, pelotas de fútbol y zapatillas, muchas zapatillas. Así Luis, inmensamente feliz con su bolsa llena de juguetes en el hombro, repartió cientos de regalos a todos los que se les acercaban.
Parece una historia rara, tan rara como el comentario que los chicos hacían cuando se les preguntaba de donde habían sacado esos juguetes, -Papá Noel en un carro tirado por algo parecido a un ciervo me lo dio. Solo los niños del lugar lo pudieron ver, salvo dos o tres viejitas a las que tampoco les creyeron.
Luis se levanto esa mañana, tan distinta a cualquier otra mañana, se sorprendió de no encontrar en su carro nada de lo juntado el día anterior, solo encontró un pompon de piel blanca como la nieve, escondido debajo de la tabla que le servia como asiento; la miro a Marita que también tenia un brillo especial en sus ojos, y así comprendieron que podía ser, porque pueden suceder cosas inexplicables el día de Navidad.

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